Has pensado....

: : : ―Deberías ver los ojos de Axel ―contesté dándole la espalda mientras caminaba hacia la ventana que (no fue ninguna sorpresa) estaba cubierta por tablas.
«Incluso tú llorarías al ver esos ojos.» : : :

domingo, 21 de febrero de 2010

Magia en la arena 1.3

Yadín iba caminando de regreso al hotel y justamente al dar la vuelta en la esquina para entrar a la recepción, la voz de su amigo resonó desde la distancia.

―¡Yadín! – gritó Nash.

La chica se detuvo y volteó a verlo. De pronto el enojo pasó por su cara, lo concentró en sus ojos y quiso fulminarlo con la mirada. Lo canalizó hacia su boca pero la preocupación la contuvo. Algo había en el rostro de Nash. Algo que no había visto desde… nunca pensó. Nunca lo había visto así.

―¿Dón-?

―¿Estás bien? ¿Dónde estabas?

―¿Dónde estaba? ¿Dónde estabas tú? – preguntó picando con su dedo índice el pecho del chico.

«Te estuve hablando a tu celular y nunca me contestaste. ¿Dónde andabas? ¿Qué pasó? Te fuiste todo el día. Pensé que te hab-

―¿ESTÁS bien? – preguntó el chico con evidente urgencia.

―Sí… ¿qué te pasa?

―Ven… tenemos que ir al hotel.

Nash la tomó del brazo firmemente pero sin llegar a lastimarla. Caminaron por la acera y el muchacho volteaba a ver a cada momento sobre su hombro. A su izquierda, a su derecha, detrás de ellos. Evidentemente estaba nervioso, pero no sabía por qué.

―Nash ¿qué?-

―Buenas noches – dijo el muchacho mientras pasaba frente a la recepcionista.

―Disculpe… ¿señor?

Los dos chicos se detuvieron y voltearon a ver a la chica que estaba detrás del alto escritorio.

―¿Sí?

―Tiene un mensaje.

El rostro de Nash, pudo darse cuenta Yadín, se puso de color blanco y prácticamente pudo sentir la tensión en su estómago. La mano que la sujetaba se tensó sobre su brazo e inmediatamente – como tratando de no hacerle daño – la soltó y caminó hacia la recepcionista, quien le entregó solo un papel doblado por la mitad.

Nash lo leyó y el tono de un bronceado perfecto por algunas vacaciones en el Caribe, desapareció.

―Gracias – dijo Nash caminando con mayor urgencia que antes hacia Yadín y cuando la sostuvo de nuevo subieron las escaleras con rapidez.

―Nash, ¿qué sucede?

―Te digo en el cuarto, por favor no me preguntes nada.

―Pero-

Cuando llegaron al cuarto Nash se detuvo en seco frente a la puerta. No se le veían intenciones de abrirla, sino que solamente pasaba sus ojos por toda la superficie del objeto de madera. Yadín escuchó un suspiro y notó que la mano de Nash estaba temblando mientras se estiraba para tomar la perilla.

La chica estaba asustada por la manera de actuar de su amigo, pero supo que algo estaba mal cuando abrieron la puerta.

Dentro de la habitación había un olor desagradable, como agua estancada después de mucho tiempo. Sin embargo, el aroma no era lo peor. Toda la habitación estaba destruida.

Los colchones de las camas estaban tirados en el suelo, las sábanas, cobijas y almohadas regadas por todo el cuarto. El baño era un desorden, la cortina estaba tirada sobre la tina y los muebles estaban fuera de lugar. Las maletas de los chicos estaban abiertas y la ropa esparcida por todo el lugar. Las cortinas estaban cerradas y había vasos de cristal quebrados sobre la alfombra.

Los muchachos se quedaron callados y Yadín hizo un movimiento como para salir corriendo del cuarto, pero Nash cerró la puerta detrás de él y apagó las luces. Fue entonces cuando, detrás de una almohada, un brillo iluminó el lugar. Había una luz azul que resaltaba entre todo el desorden. Yadín dio unos cuantos pasos y movió la almohada con la punta del pie y dejó a plena vista un brazalete en forma de serpiente. Era sumamente bello, perfectamente labrado.

A pesar del brillo tan fuerte que emitía, se podían observar los detalles de la pieza. Incluso se podía ver las pequeñas muescas que simulaban la piel de la serpiente. Yadín extendió su mano, como animada por la belleza del objeto pero la voz de Nash se escuchó de pronto.

―No lo toques – dijo.

Yadín despertó entonces como de un trance. Asustada se levantó y dio unos pasos hacia atrás, tropezándose con un mueble, pero se mantuvo de pie, todavía con los ojos llenos de sorpresa.

―¿Qué es?

―Un almacenador – Nash tomó una toalla que estaba a sus pies y la arrojó sobre la pieza, que siguió brillando por unos cuantos momentos y después se apagó. Entonces el chico la envolvió fuertemente y la guardó en la mochila que traía en su hombro – que Yadín no se había dado cuenta que la traía.

―¿Almacenador? ¿Almacenador de qué?

―De energía. Sirve para localizar a quien lo traiga puesto.

El rostro de Yadín, evidentemente, era de confusión. No entendía nada de lo que estaba sucediendo y Nash pensó que – por el momento – era mejor dejarla así.

―Necesitamos irnos. Toma lo que puedas recuperar de tus cosas, tenemos que salir de aquí cuanto antes.

―Pero-

―Yadín por favor, prometo explicarte todo en el camino. Tenemos que-

Nash estaba levantando la maleta de la chica cuando la puerta de la habitación se abrió de pronto. Una luz blanca llenó el cuarto pero no provenía de las lámparas que estaban ahí.

De pie, justo debajo del marco de la puerta estaba un ser que parecía ser humano, pero no se podía distinguir si era hombre o mujer. Yadín trató de enfocar su vista pero la luz que irradiaba era demasiada para poder ver directamente a la persona que estaba frente a ellos.

Nash inmediatamente se colocó frente a Yadín y empezó a hablar en un idioma que la chica no comprendió. Fue como si estuviera diciendo una plegaria o alguna oración. Pero recordó que Nash no compartía la fe de la mayoría de las personas.

―Τι κάνεις εδώ; Τι θέλεις;

Sorprendentemente el extraño que estaba de pie frente a los chicos habló en el mismo idioma en que lo estaba haciendo Nash. Yadín no podía creer que eso estaba sucediendo. Debía estar soñando. Todo eso debía ser un sueño. Se quiso convencer desesperadamente que tenía que estar en un sueño.

―Για τώρα θέλω να ανακτήσει το ρολόι, φρουρά.

―No tengo ningún reloj.

―Solo deseo el Reloj, Guardián. El Reloj de los Milenios que tienes en tu mochila. Por lo pronto, es lo único que deseo.

Yadín pensó que frente a ellos estaba un ángel. Incluso llegó a jurar que vio un par de alas en su espalda, pero no sabía si era su túnica o la luz, o ambos, lo que hizo creer que tenía alas.

Pero no podía ser un ángel, si así fuera, no hubiera estado aterrorizada.

El ente tenía el cabello largo y oscuro. Le llegaba un poco debajo de sus hombros y tenía una voz melodiosa, como si fuera endulzada o algo. Como esas voces que son perfectas para la radio.

―Σφίγγα… No poseo el Reloj de los Milenios.

―No puedes engañarme, Guardián. Sé que el Reloj está en tu poder y bajo tu custodia. Pero no será por mucho tiempo. Ten por seguro que no descansaré hasta encontrarte nuevamente y quitarte el Poder que te fue conferido. Y sabes lo que sucederá después de eso, Guardián.

Yadín continuaba sin entender una sola palabra de lo que Nash había dicho y lo que el ente frente a ellos había contestado. Después, la luz comenzó a aumentar y tuvo que cerrar sus ojos. Era como estar viendo directamente al sol, pensó que si lo seguía haciendo seguramente perdería la vista. Sin embargo, y aunque no lo haya podido ver, supo que Nash no dio señales de moverse o cubrirse los ojos. Estaba viendo directamente a quien quiera que haya estado frente a él.

Un viento sumamente violento entró a la habitación. Era un viento cálido y seco, como los de un desierto. Incluso después llegó una tormenta de arena ahí mismo. Envolvió a los dos chicos y fue cuando Nash se inclinó sobre Yadín. La abrazó fuertemente y le susurró al oído que todo estaría bien, que no abriera sus ojos.

―Todo va a estar bien…

La chica quiso contestar pero no podía articular una palabra. El viento era tan agresivo que temió que si abría la boca se ahogaría. Era como ir en carretera atravesando el lugar más seco del planeta y sacar la cabeza por la ventana. Sentía que el calor la comenzaba a quemar.

Se aferró a la mano de su amigo y mantuvo sus ojos cerrados.

Al final, todo quedó en completo silencio. El calor había desaparecido y solo quedaba la agradable brisa nocturna de una ciudad a la orilla del mar. Yadín abrió los ojos y contempló con total asombro que la habitación estaba arreglada, como si nada hubiera sucedido. La lámpara de pedestal que estaba en una esquina estaba encendida y lanzaba un reconfortante brillo amarillo a todo el cuarto. Las camas estaban tendidas y las maletas de los muchachos sobre ellas – como las habían dejado desde la tarde.

Los muebles estaban en su lugar y la televisión, que antes había estado hecha pedazos, estaba apagada con el control remoto sobre ella. El baño estaba cerrado y todas las toallas en su lugar. La habitación estaba intacta. Lo que le dio más tranquilidad a la chica fue sentir el viento fresco que subía del mar por la ventana que estaba abierta. Las cortinas estaban corridas y los protectores de la tela trasparente volaban hacia dentro del cuarto. A lo lejos se podía observar el oscuro horizonte. El infinito mar se extendía majestuosamente delante de ellos.

―¿Qué… qué fue eso? – preguntó la chica.

―Esfinge – contestó Nash con un tono sumamente serio.

Yadín volteó a ver a su amigo y enfocó su mirada en sus ojos, supo entonces lo que se veía diferente en el rostro del chico, sus ojos reflejaban miedo.

Magia en la arena 1.2

Cuando llegaron al lugar, se sorprendieron al ver la casa en la que se iban a estar hospedando por tres días. Seguramente Nash se había equivocado de dirección, pero no podía ser, Nash nunca se equivocaba.

―Aquí tiene que ser – dijo mientras bajaba la última maleta del auto y cerraba la cajuela.

A Yadín no le pareció exactamente un hotel, más bien pensó en alguna posada que llevaba ahí siglos. Al menos, la fachada, era la apariencia que daba.

Por dentro, se sorprendió al ver que no era una casa que se estuviera cayendo a pedazos. Los pisos de madera estaban sumamente cuidados, los muebles estaban limpios y las luces encendidas. Había velas y lámparas de aceite (que aún funcionaban) y todo se entremezclaba con la tecnología del siglo veintiuno. Detrás del mostrador había una computadora de últimas generaciones y la señorita que los atendió les indicó que tenían excelente señal para recepción de teléfonos celulares, internet inalámbrico en todo el edificio y televisión satelital.

―Bueno, no esta tan mal – dijo la chica mientras subían por las escaleras hacia el primer piso, en donde estaba el elevador.

No era precisamente el Plaza de Nueva York, pero era agradable. Tal vez demasiado silencioso para un par de jóvenes de vacaciones, pero a fin de cuentas no llegarían al hotel más que para dormir así que el silencio sería bienvenido.

La casa parecía más bien algún lugar de retiro o veraneo para personas jubiladas o abuelos que querían alejarse de la tensión de sus hijos y nietos. Esto lo confirmaron cuando, al bajar al comedor después de instalarse, se encontraron con puras parejas mayores.

―Quiero ir a la playa – dijo Yadín cuando terminaron de comer. El día era perfecto para eso, había mucho sol y poca gente en el espacio de playa que tenía el hotel – te espero allá.

La muchacha quería salir corriendo a mojarse, le gustaba mucho el agua, y Nash se regresó a la habitación para cambiarse y después alcanzarla. En esas primeras horas del fin de semana, Yadín parecía haber olvidado por completo el problema con Aliste y eso hizo que su amigo se sintiera complacido. Nuevamente la había ayudado.

Tal vez fue el hecho de encontrarse lejos de su casa. Tal vez fue el estar con Nash en alguna playa y en un hotel que, a final de cuentas, parecía hotel para una luna de miel. Tal vez fueron todas esas circunstancias juntas las que hicieron que Yadín se preguntara si alguna vez había visto a Nash de esa manera.

Vio fijamente el cuerpo del muchacho y – todavía era el mismo, todavía tenía las mismas facciones y las mismas proporciones – le pareció totalmente extraño. Como si nunca lo hubiera visto.

El sol iluminaba su piel trigueña. Cuando se quitó la playera, antes de entrar al mar junto con ella, captó inmediatamente su vista.

No era como su hermano, lo cual fue un gran alivio. Lo último que quería era recordar el cuerpo de Aliste, pero tenía el abdomen firme y el pecho marcado. El cabello era de un color oscuro que hacía juego con sus ojos. Sus piernas eran fuertes, tal vez no era un roble – como Aliste – pero era un pino. Fuerte y fino.

Yadín no pudo desviar su mirada mientras el chico avanzaba hacia ella. El agua le cubrió las piernas, y llegó a su cadera. El corazón de la chica comenzó a latir con fuerza y fue ahí cuando se preguntó si esa era la intención de Nash. Se preguntó si todo había sido un truco para poder hacer que olvidara por fin a Aliste. Inmediatamente se contestó que no era el caso y que no había sido para eso porque había insistido tanto en hacer el viaje.

Lo que hizo Nash le dijo que, al final de cuentas, solo quería pasar un buen tiempo con su amiga.

Para intentar despertarla de su trance le lanzó agua a la cara con un grito de ¡despierta! Y una risa sumamente divertida.

―¿Qué te pasa? Te quedaste como que en otro mundo.

―N-no, nada. Te estaba esperando.

―Pues vamos. No venimos hasta acá para jugar en la orilla ¿o sí?

Nash se sumergió y salió unos cuantos metros más adentro, pasó por debajo de una ola que estaba llegando y le gritó a su amiga que lo siguiera. Con una sonrisa Yadín pensó que nunca podría estar de esa manera con ninguno de los dos gemelos, pero se dijo que era mejor estar con Nash, con su amigo Nash, que con Aliste.

El resto del día, Nash pareció desaparecer totalmente. Regreso rápido, había dicho mientras cerraba la puerta del cuarto, aprovechando que Yadín salía del baño después de bañarse y quitarse la arena y el agua salada.

Después de los primeros cuarenta minutos la chica decidió no seguir esperándolo y bajó de nuevo a la playa. Caminó un momento disfrutando el roce de la arena con sus pies y, justo cuando el sol se estaba poniendo, se dirigió al malecón para llegar a algún café donde pudiera sentarse y esperar a Nash.

Quería llamarlo para ver qué le había sucedido o dónde estaba, pero sabía que su amigo era un tanto extraño. Aunque estuvieran juntos, siempre disfrutaba de su propio tiempo de soledad. Una conducta algo inusual, considerando que el chico era de por sí solitario.

Se sentó en una pequeña silla de bamboo, con un tejido que parecía ser paja exquisitamente trabajada. La mesa era de madera y sobre ella bailaba una pequeña flama de colores amarillo y naranja que crecía de una vela blanca. Un pequeño menú estaba a su disposición, lo sostuvo por unos minutos frente a ella y cuando el mesero – un chico atractivo con un anillo plateado en su dedo pulgar y el cabello un tanto desordenado – se acercó pidió su latte vainilla y una rebanada de pastel de chocolate con frambuesas.

Cuando el muchacho se retiró, tomó su teléfono celular y marcó el número de Nash pero no contestó. Intentó de nuevo y de nuevo y después de cinco intentos y ninguna respuesta, llamó al hotel donde le solicitó a la recepcionista que la comunicara a su habitación. Después del, aparentemente, interminable tono intermitente de la llamada la chica volvió a contestar diciéndole que nadie contestaba y si deseaba dejar algún mensaje.

Yadín se enfocó en las luces amarillas que decoraban las columnas de la terraza del pequeño café, era un lugar agradable. Pequeño pero sumamente cómodo. Le hubiera gustado estar ahí con Nash – como era el plan – y no estarse preocupando por él y por lo que le pudo haber sucedido.

Pensó que era probable que algo le hubiera pasado. Sabía que Nash no era de los chicos que simplemente dejaba sola a su acompañante en algún lugar. Disfrutaba de sus tiempos a solas, pero no por todo un día. Ni siquiera cuando iban al cine le gustaba separarse de ella más de lo necesario, que siempre era para que alguno de los dos entrara al baño. La acompañaba a las tiendas de ropa – tenía un gusto impecable por la ropa y siempre tenía buenas elecciones – y la esperaba afuera de los vestidores.

¿Por qué me dejó? Se preguntó. Seguramente fue por algo. Algo le ocurrió.

Su mente no la dejaba tranquila y no podía seguir sentada tomando café y comiendo pastel sin su amigo, imaginándose cada cosa. Se acercó a pagar la cuenta para poder salir de ahí. Tenía que buscarlo y el primer lugar que pensó – aunque se había asegurado que no estaba ahí – fue su cuarto.

―¿Lo quieres para llevar? – le preguntó el mesero con una sonrisa.

En verdad era atractivo, parecía sencillo y divertido. De esas personas con las que podrías pasar horas conversando sobre cualquier tema y que te hacen sonreír con solo verlas. Pero Yadín no se fijó en esto. Estaba preocupada por otra persona que siempre la hacía sonreír. Nash.

[...]

Magia en la arena 1.1

Sphinx

―¿Entonces qué, vamos? – después de la plática que sostuvieron los dos en el balcón del departamento, Nash no dejó atrás la idea de salir de la ciudad. Estaba convencido que les hacía falta despejarse un poco.

Por lo menos a él, si le hacía falta salir y distraerse con otras cosas, ver rostros nuevos, gente distinta, además tenía algo de suma importancia que hacer y le pareció apropiado utilizar la oportunidad.

―¿Sigues con lo mismo? – preguntó Yadín con una risita distraída.

Nash no contestó sino que se enfocó en captar cualquier ruido al otro lado de la línea telefónica.

―No estás sola ¿verdad? No sabía que era un mal momento.

No, no para nada. Estoy sola, bueno con Oscar.

―Dime que no cambiaste a mi hermano por tu perro. Porque sabes que es algo asqueroso, ¿verdad? Sin mencionar que a la gente puede molestarle.

―No seas estúpido – dijo la chica con el tono de diversión que ya estaba regresando a su voz – aunque bueno, debes admitir que al menos Oscar mueve la cola cuando me ve.

Nash no quiso darle entrada de nuevo a una plática depresiva sobre la ruptura de su amiga con su hermano. No podía seguir con ese teatro.

Había estado ahí para ayudar a su amiga a levantarse, a secarle las lágrimas, a escuchar todo lo que tenía que decir en contra de su propio hermano, pero ya se había cansado.

Cambió el tema rápidamente retomando la propuesta de salir de la ciudad por unos cuantos días.

―Pues la verdad sería agradable salir a la playa. ¿Qué te parece?

―Me parece perfecto, era justamente lo que te iba a sugerir.

La propuesta era factible. Vivían en una ciudad que estaba cuando mucho a seis horas de la playa así que no sería ningún problema.

Solamente debían afinar los detalles para su viaje, cosa que no les tomó mucho tiempo, y después llegaría un momento de tranquilidad a sus vidas.

Esa noche, en su habitación, Nash reservó por internet un pequeño lugar que se veía agradable. Tal vez no tan divertido, con bares y albercas, como un lujoso hotel pero tenía vista a la playa y las habitaciones se veían cómodas.

―Ya está todo… excepto-

―¿Excepto qué? – preguntó la muchacha.

―¿Te van a dejar ir?

Definitivamente ese va a ser un gran problema, pero para eso te tengo a ti.

La chica bajó el tono de voz y comenzó a hablar en susurros. Su amigo entendió que no estaba sola pero necesitaba comunicarle su nuevo y bien trabajado plan.

«Lo que necesito que hagas, es que hables tú con mis papás y les digas que vamos a visitar a algún familiar tuyo. Diles que, obvio, nos vamos a quedar en casa de tu tía y que van tus papás y tu hermano-»

Yadín se contuvo y guardó silencio como si la hubieran interrumpido súbitamente.

«Bueno, tu hermano no… tal vez con que digas que vamos con tus papás a visitar a tu tía por el fin de semana».

―Claro. Solo con mis papás. Pues mira, vamos hoy al cine y aprovechamos para explicarles nuestro fin de semana familiar. ¿Te parece?

―Muy bien, ¿a qué hora te espero?

―Ya estoy afuera de tu casa – dijo Nash y colgó el teléfono.

Con Nash siempre era lo mismo. Yadín sabía que tenía que estar preparada para cualquier cosa o locura que se le llegara a ocurrir.

Su madre constantemente le decía que era muy sencillo para él y le preguntaba si sus padres no le decían algo o si, a caso, lo llegaban a castigar. Pero Yadín no sabía nada de los padres de Nash, los había visto solo un par de ocasiones y siempre parecía ser él solo en este inmenso mundo.

A pesar de todo, no era un chico problemático. No causaba disturbios ni acostumbraba emborracharse todos los días – aunque sí se permitía disfrutar ocasionalmente del fino alcohol de su casa – en ocasiones le parecía que Nash llevaba la vida que debían mantener los miembros de una familia real, sin preocupaciones y con muchas diversiones.

En seguidas ocasiones acostumbraba subirse a su auto y comenzar a manejar hasta que llegaran a perderse detrás del horizonte o hasta encontrar la gran olla de oro que había al final del arcoíris. Después regresaba a casa de Yadín y le platicaba todas sus aventuras.

La muchacha, por su parte, se moría de envidia cada vez que eso sucedía porque mientras ella estaba sentada en algún aburrido salón de clases, su amigo estaba en el ancho mundo haciendo... no sabía exactamente qué hacía pero tenía que ser divertido.

La manera en que ambos se habían conocido fue sumamente peculiar. Yadín tenía un recuerdo vago al respecto, ya que solamente recordaba que había estado en una fiesta con amigos suyos. En algún punto de la noche, mientras manejaba su automóvil de regreso a su casa, luchando para mantenerse despierta, vio a un chico delgado y alto a un lado de la calle.

Traía el cabello corto y vestía un pantalón de mezclilla, unos tenis y una playera negra.

Era verano y la noche estaba completamente iluminada por la luna llena, pero la figura del chico era perfectamente identificable.

No supo realmente qué fue lo que la llevó a orillarse, tal vez pudo haber sido su intención de ayudar a las personas, tal vez fue por el sentimiento de lástima por ver al chico caminando en la noche o sencillamente pudo haber sido por el leve grado de embriaguez en el que se encontraba.

Detuvo el auto, bajó la ventanilla y se ofreció a llevar al misterioso joven a su casa, o adonde se dirigiera.

Ya en el automóvil, el muchacho daba la apariencia de ser educado. Yadín se sintió aliviada de que no aparentara ser una mala persona.

En el trayecto no intentó hacerle daño y, al contrario, se mostró sumamente agradecido con ella. Se comportó con una cortesía que – pensó – ya no se ve muy seguido.

―Me llamo Nash – dijo el misterioso joven con una sonrisa que pareció iluminar todo el automóvil.

Sus ojos demostraban estar llevando una vida maravillosa y estar llenos de energía. Cada vez que los veía se sentía como si estuviera caminando de la mano de su madre en la orilla del mar, como lo hizo cuando era pequeña.

El extraño muchacho tenía una mirada sumamente cautivadora. Lamentablemente no pudo distinguir a plenitud el color de los ojos del chico, pero sabía que eran oscuros, y sin embargo había un brillo en ellos que los hacía verse más intensos. Yadín pensó en un gato, que al momento de girar la cabeza capta un haz de luz y sus ojos brillan.

Así eran los ojos de Nash, con un brillo en su interior que la embrujó totalmente. Como un carbón que arde por dentro.

A partir de ese momento, como por arte de magia, los dos jóvenes comenzaron a convivir con gran regularidad.

Con excepción de las mañanas, cuando Yadín estaba en la escuela, pasaban juntos todo el día. Nash no asistía a alguna escuela y siempre que su amiga le preguntaba al respecto, contestaba que sus padres preferían tenerlo “a la vista”.

Esta circunstancia siempre le pareció extraña pero no hacía comentario al respecto, seguramente tomaba clases en su casa – que era enorme y que muy seguramente, pensaba Yadín, podría parecerse a un museo – o en algún lugar sumamente exclusivo.

El día en que Yadín pareció perderse en un mundo ajeno al propio, fue cuando conoció al hermano gemelo de Nash, Aliste. En esa ocasión, fue ella quien llegó a casa de Nash ya que tenían planeado ir a un día de campo con algunos compañeros de la escuela de la chica y mientras esperaba en la cocina, con su vaso con refresco y hielo, una sombra pasó frente a la puerta.

Yadín apenas pudo visualizarla. Fue como si el aire de pronto se materializara, pero todavía le resultaba difícil ubicarlo. Un borrón llamó su atención por el rabillo del ojo.

La chica volteó y su ondulado cabello rojizo le cubrió su hombro. Nash preguntó si le sucedía algo y antes de que pudiera responder el doble de Nash apareció a su lado.

―Mucho gusto – dijo él.

―I-Igualmente – contestó ella viendo fijamente al chico que tenía frente a ella. Pudo jurar que estaba hablando con el reflejo de su amigo.

Era idéntico a él, los mismos ojos del color del carbón, y con esa misma chispa que se podía observar fácilmente, siempre y cuando se mirara con atención.

Entre los dos chicos no había diferencia alguna, dos gotas de agua – pensó Yadín. Sus rostros, sus ojos, su nariz, e incluso el tono de voz, todo era igual. La única diferencia – y bastante notoria – era el cuerpo de los gemelos.

El de su amigo era más fino, con más gracia. Era delgado, con el pecho marcado pero no de una manera obvia y grotesca. Su hermano, por otro lado, era más firme. Debajo de su playera se podía ver un pecho y un abdomen muy trabajados. Sus brazos eran grandes, aunque con las mismas facciones que las de Nash.

Yadín pensó que Nash tenía el cuerpo de algún corredor de pista, o de algún futbolista, mientras que su hermano, Aliste, tenía el cuerpo de algún jugador de americano o de alguien que, seguramente, se mantenía levantando pesas.

Desde entonces, Yadín y Aliste comenzaron a salir. Empezaron con invitaciones a cenar, le llevaba flores a su casa e incluso iba por ella a la escuela.

Para la graduación de preparatoria le regaló una cadena de oro blanco que lució orgullosamente en la noche del baile de graduación.

Sabía que a los hermanos no les faltaba el dinero y, aunque veía muy pocas veces a sus padres, suponía que era por ellos que tenían una vida tan acomodada.

Para los primeros días de la universidad, Yadín se comenzó a sentir incómoda cada vez que Aliste llegaba por ella. Cada vez que salía había un auto deportivo esperándola afuera y sentía todas las miradas sobre ella, atravesándola fríamente, especialmente las de sus amigas. Con esto llegó incluso a pensar si se estaría volviendo loca.

―¿Por qué no te dejas consentir? – le preguntó en una ocasión una amiga suya – tienes todo lo que una mujer desea. Tu novio esta buenísimo, es rico, tiene todo el tiempo del mundo para ti. ¡Por favor! ¿Qué más quieres?

¿Qué más quieres? Se preguntaba una y otra vez.

Al final de cuentas supo qué era lo que quería. Lo que en verdad quería era separarse de esa persona que parecía le estaba robando toda la felicidad del mundo y a cambio la “complacía” con regalos costos. Además había comenzado a pensar que Aliste solamente hacía despertar sus peores sentimientos.

Tal vez fue por eso que, después de año y medio de salir juntos, una parte de ella se sintió aliviada cuando se enteró que entre ella y su “amiga” había otras cosas que compartían, además del gusto por la ropa.

Cuando supo que además compartían tiempo de calidad en la cama con la misma persona, dejó que todo se lo llevara el demonio, pero lo que en realidad le dolió fue que tendría que seguir viendo a Aliste, todos los días.

En Nash veía a Alsite, pero gracias a las acciones del chico, poco a poco fue aprendiendo a olvidarlo. Aunque de pronto mantenía su recuerdo y, junto con la visión de su amigo, no sabía cómo deshacerse de ellos. Era verdaderamente una tortura.

Nash siempre decía que su hermano era un estúpido y que había hecho cosas terribles a las personas.

―Algún día lo va a pagar… te lo aseguro.

Dentro de la mente de Yadín le daba un poco de miedo cuando su amigo guardaba silencio y fijaba sus ojos en algún punto en el espacio, como si estuviera tratando de derretir una pared con la vista y hablaba del futuro y el pasado como si fuera algún tipo de profeta.

―¿Qué te sucede? – preguntó Nash mientras manejaba por la autopista camino a la playa – estás muy seria. Te recuerdo que hicimos este viaje para que pudieras distraerte eh, y no metí a mis padres en todo esto para que nomás estuvieras callada pensando en todas las desgracias y pendejadas que te han pasado.

Nash había tenido que pedirle a su madre que confirmara la historia de los chicos, de pasar un fin de semana en la casa de la supuesta tía, para que pudieran salir.

―Por cierto, tus papás… – pero mejor cambió de idea.

«Diles a tu mamá que gracias por hablar con la mía»

Aunque en silenció realmente quería preguntar otra cosa totalmente distinta.

Por cierto, ¿dónde están tus papas? Pero supo que sería inútil y que Nash no le contestaría así que mejor se abstuvo de preguntar y supuso que estaban de viaje, como siempre.

[...]

Magia en la arena

―Por favor, seguramente estas exagerando – dijo el chico sentado contra el barandal negro del balcón.

La noche era fresca y era idónea para estar afuera platicando de cosas triviales. Solo que en ese momento no estaban conversando de cosas triviales.

―Te aseguro que no es así. Me sentí como si me hubiera muerto. En ese momento pensé que todo iba a ser mucho peor. No sabía por qué pero fue la ilusión que me dio.

«No podía creer que me estuviera viendo de frente, el muy imbécil, y me estuviera diciendo todo eso. Y además, justamente ese día. ¿Cómo puede ser tan… estúpido? ¿Por qué todos son… iguales».

La chica estaba desilusionada, su amigo lo sabía. Destrozada.

El amor o más bien, el desamor, había hecho de las suyas nuevamente y al parecer no había poder humano que la pudiera ayudar a salir de eso.

Afortunadamente uno de los dones del muchacho era el poder hacerla reír cuando lo necesitara, lo cual siempre agradecía.

―No podría ayudarte mucho – dijo el chico – pero no todos somos iguales.

La chica guardó silencio y se concentró. En pocos segundos se vio perdida en el sonido de la ciudad que vivía debajo de ellos. En las calles de asfalto y entre edificios sumamente altos. Viajaba entre las luces de los autos que corrían en el suelo y las estrellas que brillaban en el cielo. Se sintió como si estuviera flotando y se preguntó qué se sentiría poder volar.

Aunque le había dolido mucho llegar a terminar de esa manera, se sentía aliviada.

―Yo sé que no todos son iguales y la verdad… te tengo un poco de envidia.

―¿Envidia? ¿Por qué? – preguntó él mientras encendía el tercer cigarrillo de la noche.

―Porque parece que todo es más sencillo cuando eres… cuando-

―¿Crees que ser como soy, es fácil? Mujer… tienes que leer nuevamente el concepto de fácil, porque déjame decirte que no es aquel que se acuesta con todo mundo eh.

«Mira – ella sabía que cuando utilizaba esa palabra, la conversación iba en serio – el wey la cagó. No lo podemos negar. Pero si no dejas todo atrás no vas a poder seguir avanzando, y lo sabes. Hay muchos otros allá afuera que simplemente no harían lo que él te hizo».

―Preséntamelos por favor.

El tono de la chica fue más relajado, al menos comenzó a bromear. Tal vez se había cansado de llorar y estaba intentando dejar todo atrás. Pero de una manera efectiva, dejar todo atrás.

Aunque al fin de cuentas no importaba, nada de eso importaba ya. El mal estaba hecho y no se podía reparar – fue lo que él dijo – lo único que quedaba por hacer era seguir adelante.

―Deberíamos hacer un viaje. Vámonos un fin de semana por lo menos. Así te vas a poder distraer y vas a darte cuenta que hay muchas otras cosas allá afuera que realmente valen la pena.

La idea del muchacho no parecía tan alocada. No sonaba tan difícil. Venía unos días sin escuela y era una perfecta excusa para poder despejarse. Aunque fuera solo un momento. Lo único que quería era poder dejar de pensar en él.

Quería dejar de pensar en el hombre que le había causado tanto dolor y que la había orillado casi al borde de la locura.

―Perdón por ponerte en esta situación. Sé que debe ser un tanto incómodo para ti.

―No mucho la verdad – contestó el chico con un tono de resignación – sé lo estúpido que puede llegar a ser mi hermano.

―¿Sabes lo que voy a extrañar? Digo, ¿lo que de verdad voy a extrañar?

El rostro de su amigo se veía muy diferente al de su hermano. La luz que subía de la ciudad, como vapor de una tina con agua caliente, acariciaba y pintaba su cara de una manera sumamente atractiva. En silencio deseó haberse enamorado del otro hermano. Del hermano correcto.

Pensó que, a pesar de su imagen física – que era idéntica – los dos chicos eran sumamente diferentes. Su amigo era más atento, se interesaba por lo que le sucedía, le llamaba por teléfono. Su ex le dejó de interesar ser detallista con ella y una cosa llevó a la otra.

«La forma en que me tomaba – continuó la chica – en la cama. Después que terminábamos, todo parecía estar pintado de color rosa. Aunque bueno… seguramente llegó a hacer lo mismo con las otras dos zorras que se metieron con él».

Ok, - el chico entonces sí parecía perturbado – eso sí es asqueroso e incómodo.